Las trabajadoras del textil buscan alianzas globales para poder negociar con las multinacionales

Los sindicatos del sureste asiático buscan hacer red para evitar represalias patronales o la deslocalización de la producción al exigir sus demandas laborales o ejercer su derecho a huelga.

Desde los año 90, son muchas las campañas que vienen concienciando a la población de la importancia de saber de dónde viene la ropa y las condiciones de quienes las han producido. A esta preocupación por las condiciones de trabajo se le une el ecologismo, que ha hecho que nos preguntemos por las sustancias tóxicas, por los recursos usados y por los deshechos que genera la producción de ropa y calzado. Todo esto ha sido contrarrestado por el auge de la fast fashion, por la proliferación de cadenas de ropa low cost y el aumento de las ventas por internet, muchas veces respondiendo más a estados de ánimo o promociones que a una necesidad real de esos productos.

La ropa y complemento como el calzado que se tiran a los contenedores está dentro del contenido ‘otros’ en el Programa Estatal de Prevención de Residuos 2014-2020, pero suponen la carta facción de basura más cuantiosa después de orgánico, envases y papel. Y creciendo. Así, las ropa que acaban en el vertedero para su eliminación supone el 90% de la que se deshecha (que es reciclada, vendida de segunda mano o reutilizada), lo que representa 800.000 toneladas al año de textiles que podrían ser aprovechados de otra forma.

Pero más allá del impacto medioambiental, ¿qué ocurre con los derechos laborales? Muchas de las campañas de estas últimas décadas han estado centradas en el consumidor como decisor de qué marcas apoyar y cómo hacer presión para lograr unas mejores condiciones laborales a través del boicot. El impacto de estas medidas se ha puesto en duda en repetidas ocasiones, ha dado paso a un márketing de la sostenibilidad que muchas veces solo sirve para lavar la imagen, un auge de la entrecomillada ‘responsabilidad social corporativa’ y muchas veces ha tenido efectos secundarios no deseados sobre las trabajadoras y trabajadores. Porque el boicot ha podido ir de la mano de descenso de los pedidos y la cancelación de contratos en fábricas de países del sur, generando más pobreza y no mejores condiciones.

Por eso, campañas como la de Ropa Limpia que aúna sindicatos, consumidores y ONG suponen un paso en la dirección efectiva y en la capacidad de situar a las trabajadoras —mayoritariamente mujeres— al mismo nivel de decisión y capacidad de reacción que a las personas de occidente que consumen esos productos. En esta línea, y para fortalecer aún más las relaciones en las empleadas de este sector en diferentes puntos del globo, se llevó a cabo la 1ª Conferencia Internacional del sector del textil en Sri Lanka el pasado mes promovida por la Confederación Internacional del Trabajo (ICL-CIT). Sindicatos de todo el sureste asiático se reunieron para trazar estrategias comunes y líneas de acción coordinadas para lograr que su voz sea escuchada por las multinacionales —y las empresas subcontratadas por estas— y obtener justicia social. Apoyados por otros de Europa y América, para poder tejer una red de apoyos que permita capacidad de diálogo y negociación.

En Sri Lanka, el cierre del país por el covid19 pilló a más de 20.000 trabajadores lejos de sus aldeas familiares y han sido confinados en pensiones

Porque estamos hablando de un problema global. Más aún evidenciado por la crisis del covid19, que ha dejado en lockdown países tan importantes en la producción textil como Bangladesh o la propia Sri Lanka. Desde la isla, el colectivo Dabindu denuncia la situación de indefensión que viven miles de trabajadores que con las fábricas cerradas no cobrarán ningún salario o ayuda. De la misma manera, el cierre del país pilló a más de 20.000 trabajadores lejos de sus aldeas familiares y han sido confinado en pensiones en la zona de Katunayake. Mujeres en su gran mayoría y con hijos a su cargo que trabajan para marcas como Gap, H&M, Marks and Spencer, Tommy Hilfiger, Decathlon o Victoria Secret y que ahora comparten baño con decenas de personas, con el riesgo que supone en una crisis sanitaria como esta. Una situación de urgencia e incertidumbre a la que se enfrentan en todos los sectores desde el pasado 15 de marzo.

MOVIMIENTO GLOBAL, PERO TAMBIÉN INDEPENDIENTE

Pero la lucha del colectivo Dabindu por las mujeres del sector textil viene de largo. Empezó en 1984 como una asociación feminista y desde el pasado año se constituyeron como sindicato, dotando de una visión de género muy necesaria el movimiento obrero. Este giro lo hicieron con dos premisas muy claras: ser independientes y no convertirse en el sector femenino de otro sindicato. Su representante explicó, en la Conferencia Internacional, que hay una brecha entre el número de trabajadoras (en su mayoría mujeres tanto en Sri Lanka como en los demás países productores) y su representación real en los órganos de decisión de sindicatos y otras organizaciones, como las ONG. Por eso, el cuerpo directivo está formado por mujeres, tienen los derechos reproductivos en la misma línea que otras demandas laborales y no permiten que otros sindicatos ‘clásicos’ hablen más alto que ellas en la representación de las mujeres del textil.

Con 1.500 afiliadas de forma estable pero con capacidad de sumar miles de simpatizantes más en sus actividades y actos reivindicativos, Dabindu argumentó que la unión con otras organizaciones en la región es básica para evitar que las empresas se muevan de un país a otro en el momento que haya conflicto laboral. La temida deslocalización productiva que busca países con menor coste de mano de obra, menos cargas impositivas y una legislación más cómoda para las grandes compañía. Una realidad que deja sin trabajo a miles de empleados cuando sucede y que incluso ocurre dentro de un país. Es el caso de Myanmar, pero por razones diferentes. La representante de Federation of Garment Workers Union (FGWU) sostuvo que dentro del país la represión sindical es muy fuerte y empieza por maniobras para dejarles sin trabajo. Hay mecanismos que sirven para evadir la presión sindical de trabajadores. Las empresas contrarrestan el éxito de las huelgas —donde trabajadores de muchas fábricas, no solo la implicada en el conflicto, paralizan todo e incluso acampan en la puerta de las instalaciones—, cerrando y volviendo a abrir al cabo de unos días para desembarazarse de los trabajadores que se movilizan.

Las empresas contrarrestan el éxito de las huelgas cerrando y volviendo a abrir al cabo de unos días para desembarazarse de los trabajadores que se movilizan.

En la conferencia también estuvo presente el sindicato GWTUC (Garment Workers Trade Union Center) de Bangladesh, uno de los países más importantes en cuanto a producción de textil y que más batalla presenta en cuanto a condiciones laborales. Tanto en Myanmar como en Bangladesh se trata de una represión sindical que los Gobiernos permiten e incluso facilitan. Sin ir más lejos, en Bangladesh vieron como el año pasado una batalla por subir el salario mínimo terminó con 5.000 despidos y la impunidad empresarial en tragedias como la de Rana Plaza. Por eso, se pone en valor la unión de sindicatos independientes de partidos políticos y de base, donde los trabajadores afiliados controlen las decisiones y no se den conflictos de intereses.

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