En la antesala del infierno del mercado mundial

La presión sobre los precios que ejercen las empresas occidentales lleva a una explotación extrema en las fábricas del sur de Asia. Se ahorra también en la seguridad laboral. Dada esta situación, se producen accidentes casi sistemáticamente, como ocurrió el 24 de abril de 2013 en Savar. La organización alemana “medico” apoya la lucha a favor del pago de indemnizaciones y de una responsabilidad empresarial vinculante.

Durante años se produjeron accidentes en el sur de Asia, con tres, cinco o quince muertos, sin que nosotros, los compradores de jeans o camisetas, nos llegáramos a enterar. Actualmente sabemos cuál es el elevado precio que otros deben pagar por lo que nosotros podemos comprar cada vez más barato. La situación nos quedó clara a raíz de tres grandes tragedias consecutivas. La primera ocurrió en Pakistán: el “9/11 industrial”, en setiembre de 2012, donde murieron calcinados 300 costureros y costureras en la fábrica textil Ali Textiles en Karachi. El 24 de noviembre de 2012 fallecieron más de 100 trabajadoras y trabajadores en otro incendio fabril en Ashulia, en las afueras de Dhaka en Bangladesh, en esta oportunidad en Tazreen Fashions. Y luego, el 24 de abril de 2014, se derrumbó en Savar -la ciudad gemela de Ashulia- el complejo fabril Rana Plaza. Fallecieron más de 1.100 trabajadoras y trabajadores, y más de 2.500 quedaron lesionados. Las tres fábricas producían para empresas europeas, como C&A, IKEA y Karl Rieker, en todos los casos por intermedio de la cadena alemana de descuento KiK. Empresas como éstas son también las que dictan los precios de las prendas, y en consecuencia las condiciones bajo las que deben producirse.

Las contrapartes pakistaníes de medico, los sindicalistas del National Trade Union Federation (NTUF) y la organización de derecho laboral PILER, transmitieron la información inmediatamente después de que se produjera el “9/11 industrial”. Con ambas contrapartes habíamos trabajado hasta ese momento apoyando a los sobrevivientes de las inundaciones de 2010 y 2011. Las primeras imágenes del derrumbe de Rana Plaza nos fueron enviadas el mismo día por la contraparte más antigua de medico en Bangladesh, la organización para la salud básica Gonoshasthaya Kendra (GK). Ese mismo día, los equipos de médicos de GK empezaron a ayudar en el rescate de víctimas sepultadas bajo los escombros. Hasta el año 2013, sólo conocíamos a la National Garment Workers Federation (NGWF), el principal sindicato textil de Bangladesh, por su participación en discusiones políticas. Hoy en día intercambiamos correos electrónicos semanales, nos comunicamos regularmente por teléfono y nos visitamos. Hace poco tiempo Safia Parvin, Secretaria General de la NGWF, emprendió un viaje por diversas ciudades alemanas, y antes de ello, Nasir Mansoor y Zehra Khan de la NTUF pronunciaron discursos en conferencias de medico en Berlín y en la manifestación “Frankfurt Blockupy”. Estas iniciativas continuarán, ya que las tragedias de Karachi y Dhaka distan mucho de haber sido superadas. Y de hecho son y continuarán siendo también nuestras tragedias.

En Rana Plaza

Cuando llegué a Dhaka a principios de junio de 2013, invitado por la NGWF y GK, los colegas me llevaron inmediatamente al lugar donde, unas semanas atrás, se alzaba el edificio Rana Plaza. Un lugar como otros miles en Savar y Ashulia, donde únicamente existen fábricas textiles, asentamientos de trabajadores pobres y mercados callejeros. El día anterior al derrumbe se descubrieron profundas grietas en todo el edificio y las autoridades responsables ordenaron la evacuación inmediata. Los jefes de la fábrica textil, sin embargo, obligaron a su personal a trabajar recurriendo a la amenaza de suprimirles el sueldo. Ante ello, 5.000 trabajadores no se atrevieron a negarse. La mayor parte perdió su vida, su salud y su futuro.

Mientras nos encontrábamos frente a la zanja y leíamos las pancartas del sindicato que colgaban de la barrera, un testigo presencial del derrumbe relató: “El edificio se derrumbó en segundos y nos envolvió una enorme nube de polvo. Cuando recobramos la visión, los nueve pisos se habían derrumbado como un sándwich. Las personas gritaban pidiendo auxilio, con llamados de dolor y de miedo. A medida que iban silenciándose las voces, se escuchaba el sonido de los celulares. Y este sonido continuó hasta que se agotaron las baterías”. El hombre calló, nos dejó allí y se perdió entre la multitud de Savar, donde la situación se mantiene exactamente igual que antes del 24 de abril de 2013.

Luego nos encontramos con activistas de una nueva y recién fundada organización de derecho laboral denominada Research Initiative for Social Equity (Iniciativa de Investigación para la Justicia Social), con la abreviatura RISE. Esta sigla es a la vez una palabra que puede traducirse como “sublevación”, “resurgimiento”, pero también como “resurrección”. Juntos visitamos en primer lugar a sobrevivientes de Rana Plaza, luego de Tazreen Fashion. La oficina sindical de Ashulia, en la cual nos reunimos, es un refugio para los desarraigados. Ya que una vez más se había cortado el fluido eléctrico, conversamos a la luz de las velas. Quien tomaba la palabra recibía una linterna para que pudiéramos ver su rostro. Comparten la misma suerte, frecuentan las mismas manifestaciones en Dhaka, relatan las mismas historias. Ninguno de ellos cuenta con un nuevo puesto de trabajo. Todos ellos han perdido por lo menos a un miembro de su familia, varios vecinos, amigos y amigas. Algunos recibieron indemnizaciones por el fallecimiento de la madre, del hermano, del hijo, por las lesiones propias. Pagos provenientes de diferentes donantes, sin mayores especificaciones. Nunca se les preguntó si el importe era suficiente para compensar la injusticia o simplemente para continuar viviendo. La mayor parte de ellos sufre todavía a causa de sus lesiones, pero casi ninguno se encuentra en tratamiento médico, ya que el dinero no alcanza para este fin. Ninguno recibe tratamiento fisioterapéutico o psicosocial. Nos comentaron que muchos han regresado al campo, a la pobreza extrema, de donde proviene la mayoría de los habitantes de Savar, Ashulia y Dhaka. Una pobreza que soñaron con dejar atrás cuando arribaron a la gran ciudad con las manos vacías, esperando conseguir un puesto de trabajo en una de las 4.000 fábricas textiles donde trabajan cuatro millones de personas y de las cuales depende la supervivencia de 20 millones.

Viajamos de Ashulia hasta Dhaka, a la oficina nacional de la NGWF. Casi no hay diferencias con la oficina nacional de la NTUF, la contraparte de medico en Karachi, Pakistán, que visité unas pocas semanas atrás. Bajo “oficina nacional” entiéndase en ambos casos unos locales de tres, cuatro ambientes, amoblados con tambaleantes mesas para computadoras, donde se amontonan expedientes en mal estado y montañas de volantes. Conversamos sobre la situación de las negociaciones para la indemnización y repito lo que me transmitieron los colegas de Karachi, cuyas negociaciones tampoco avanzan. Es verdad que se han alcanzado algunos éxitos, como el convenio para la prevención de incendios de Bangladesh que apareció en primera plana de los diarios de todo el mundo. Pero, ¿qué significa esto realmente? “Tenemos derecho a controlar la seguridad de los edificios, los sistemas para la protección contra incendios, la capacitación del personal en relación a medidas de protección laboral. Tenemos inclusive el derecho a presentar denuncias”, dice Amin, presidente de la NGWF, “pero no contamos con el personal, los fondos y el tiempo necesarios”.

La situación actual

Solamente el uno por ciento de los trabajadores y trabajadoras textiles de Bangladesh se encuentra organizado en sindicatos, y en Pakistán la cifra tampoco es mayor. El motivo: Los sindicatos no están prohibidos, pero tampoco están permitidos de facto. Quien ingresa a un sindicato pone en riesgo su puesto de trabajo. Algunas veces sencillamente se le despide abiertamente sin motivo, pero más a menudo bajo algún pretexto. Las jornadas laborales son de hasta 14 horas diarias, seis días a la semana, no existen los períodos vacacionales con goce de sueldo. Aun tomando en cuenta las horas extra, el sueldo -de escasos 50 dólares- se encuentra por debajo del umbral de la pobreza de dos dólares diarios, tanto en Bangladesh como en Pakistán. “Lo que los sostiene”, nos dice Amin, “es la esperanza de que sus hijos tengan un mejor futuro porque aquí en la ciudad pueden asistir a la escuela. Eso es suficiente.”

Por supuesto esto no es suficiente y obviamente es una situación insostenible. Hacia fines de 2013, de setiembre a noviembre, la desesperación y la indignación explotaron. Se realizaron huelgas descontroladas y manifestaciones con 50.000 participantes, se incendió una fábrica, se produjeron luchas callejeras con la policía. Cientos de miles exigieron la duplicación del salario mínimo y lograron finalmente un aumento del 75 por ciento. Los disturbios ya acabaron, regresó el orden, y las entregas a Alemania continúan partiendo con puntualidad. Los sindicatos deben ahora asegurar la implementación del aumento salarial. Y si les alcanza el tiempo, Amin, el presidente, y Safia Pervin, la secretaria general, deberán ocuparse de las negociaciones de indemnización. Para esta labor reciben apoyo de la “Campaña Ropa Limpia” y de la confederación internacional de sindicatos denominada IndustriALL. También los respaldan los jóvenes activistas de RISE, que recopilan constantemente los nombres de los afectados y los testimonios sobre sus destinos, con el apoyo de medico. Todo ello para que no caigan en el olvido, para hacer frente a la desidia de las autoridades y las evasivas de las grandes casas comerciales. Las empresas textiles internacionales apuestan a que el tiempo pase, no aceptan pero tampoco niegan, pagan algo de dinero, anuncian pagos, pero siempre mucho menos de lo que se exige.

No es posible luchar contra la miseria y el menosprecio de los/las trabajadores y trabajadoras textiles de Pakistán y Bangladesh exclusivamente en el lugar de los hechos. A principios del año, pocas semanas después de los disturbios en Dhaka, los trabajadores y trabajadoras de Camboya también realizaron protestas callejeras. Gritaban indignados los nombres de sus verdugos – entre ellos nombres de empresas cuyos representantes son responsables por los incendios y derrumbes de edificios en Karachi y Dhaka. Estas empresas cuentan con sus “oficinas nacionales” y sus negocios en nuestros países, venden “sus” pantalones y camisas en nuestros centros comerciales. Y nosotros somos los que nos vestimos con estas prendas. Ahora ha llegado el momento de que asumamos una posición.

En el año 2013, medico apoyó la ayuda de emergencia y la campaña para la protección en caso de incendios del TIE Bildungswerk, en cooperación con la National Garment Workers Federation (NGWF). También financió el tratamiento médico de las víctimas de Rana Plaza a través de la organización para la salud básica Gonoshasthaya Kendra (GK), y brindó asesoramiento para los procesos de rehabilitación e indemnización a través del Research Initiative for Social Equity (RISE), todo ello por un total de € 37.203. Las contrapartes paquistaníes PILER y NTUF reciben apoyo financiero en el marco de otros proyectos.

Por Thomas Seibert

https://www.medico.de/es/en-la-antesala-del-infierno-del-mercado-mundial-15647/

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