Rainbow Collective: “La ficción siempre suele buscar formas artificiales de replicar las mismas estructuras de poder”

A Hannan Majid y Richard York les gusta que sus películas miren a través de los ojos de la gente para dar respuesta a la pregunta sobre si lo que hacen —documentales de denuncia bajo el nombre de Rainbow Collective— es parte del problema o de la solución.

Sus grabaciones les han llevado a trasladarse a Sudáfrica, Bangladesh, Camboya o Iraq. Debutaron con Amazulu (2006), sobre la escuela sudafricana Velabahleke High School, un oasis de excelencia para cientos de estudiantes que se esfuerzan por lograr un futuro mejor. Tras Baghdad Holiday (2008), acerca del drama y el horror de la guerra, y Voices from the Camps, sobre los cientos de miles refugiados de la etnia Bihari forzados a vivir en campos en Bangladesh, en 2010 comenzaron a abordar la explotación de la industria textil y el coste humano de la fast fashion.

En The Machinists (2010) recogían historias de tres trabajadoras de la confección y de un incipiente sindicato en Dhaka (Bangladesh). En TTears in the fabric, ears in the fabric (2014) trataron la tragedia del derrumbe del Rana Plaza, el incidente más grave de la historia de la moda donde murieron 1.134 manufactureras y hubo 2.000 heridas que confeccionaban para marcas como Primark, Mango, Benetton, Auchan, Carrefour o El Corte Inglés.

A través de Mass E Bhat’s (2014) mostraron cómo un joven trabajador social bangladesí saca a jóvenes marginales de la miseria y de la explotación que suponen los basureros y los talleres textiles. Con Udita (2015) entrelazaron a mujeres de anteriores documentales con otras nuevas a quienes siguieron cinco años para exponer su lucha por conseguir condiciones laborales dignas. Y en Fashion Exposed: Cambodian Citizen Project (2017, disponible en YouTube) las empleadas explotadas de Camboya visibilizaban sus dificultades diarias.

Muchos de sus trabajos han ganado nominaciones y galardones en diversos países, se han visionado en festivales, cines o televisión y les han llevado a colaborar con Aministía Internacional, The Consortium For Street Children, War on Want, TRAID, Labour Behind the label, Dignitex o el Foro Internacional de Derechos Laborales, entre otras organizaciones.

Han estado en Madrid proyectando sus documentales más recientes sobre los problemas de la vivienda y la gentrificación en Inglaterra en un acto junto con la PAH y el proyecto Entrepatios. Y también impartieron un taller sobre cómo grabar campañas activistas no violentas algo a lo que también se dedican.

Os conocisteis en Leeds, en la escuela. ¿Cuándo decidisteis trabajar juntos?
Hannan Majid: Yo hacía documentales y Richard películas. Al graduarnos, su madre, la directora de la escuela, tuvo la oportunidad de hacer un equipo de estudiantes para ir a Sudáfrica a grabar un documental (Amazulu). Yo había hecho ya un par y ellos habían sido los productores, me contactaron, entonces realizaba labores de cámara y edición. Al ver la afinidad en los motivos por los que queríamos hacer documentales, llegamos a la conclusión de codirigirlo. Fuimos a Sudáfrica dos o tres veces, filmamos, y en ese tiempo nos conocimos mejor. Los documentales tienen un papel importante educando y aumentando la conciencia en la sociedad, no solo presentando historias bonitas: son una gran herramienta de activismo social. Pensamos en construir algo juntos, la madre de Richard fue una gran ayuda para crear Rainbow Collective, la organización nació en Sudáfrica y nos pusimos a ello en Inglaterra.

Estáis especializados en temas de derechos humanos, sociales, y de los derechos de la infancia. ¿Por qué os interesan tanto?
Richard York: La ficción siempre suele buscar formas artificiales de replicar las mismas estructuras de poder. Ese primer documental nos permitió ser testigos de cómo hay personas que atraviesan momentos muy duros y cómo siempre hay grupos que intentan revertir esas situaciones. Fue tremendamente inspirador en términos de acción social ver el impacto del director de esa escuela. Fuimos testigos de cómo la gente puede cambiar su entorno y también de los procesos para llevarlo a cabo. No existen historias tan reales, dramáticas, inspiradoras, motivadoras y potentes como esas porque sus estructuras narrativas se anclan en la vida real.

Además, al acabar el documental tuvimos la suerte de tener distribución en cines, televisión y, aunque fue emocionante como los jóvenes directores que éramos, fue mucho más formativo lo que sucedió en Sudáfrica: incluso diez años después, el documental se usa por el departamento de educación del Gobierno en escuelas con sus propias luchas. Se ha mostrado más de 10.000 veces a profesores, porque la educación tiene un gran valor. Así que encontramos algo que es como el cine, porque cuenta historias, pero que además de verse en cines, televisión, festivales etc., tiene toda una vida aparte mucho más constructiva, con un propósito mayor y con objetivos más allá del entretenimiento.

Vuestros documentales evitan el sensacionalismo, centrándose en las luchas cotidianas de las personas mostradas a través de sus vivencias y palabras. ¿Fue intencionado desde el principio?
H.M.: Sí, nuestro trabajo usa siempre el mismo método. En documentales sobre la industria de la moda, como Udita, la única forma de contar esas historias era a través de sus protagonistas, las trabajadoras, y articulándolo desde ahí porque pueden y deben contarlo. La primera experiencia así fue The Machinists, entonces nadie hacía documentales desde su punto de vista, hablaban de ellas pero no se escuchaban sus voces. Decidimos que la única forma en que rodaríamos era escuchándolas. El éxito del documental confirmó que esa era la forma honesta de hacerlo, algo que sabíamos profundamente en nuestros corazones. Por eso siempre hacemos nuestras campañas activistas o documentales a través de los ojos de la gente.
R.Y.: Haber visto tanta explotación, represión y tanto legado colonialista en diferentes formas (pasando por esos procesos y haciendo amigos en esas comunidades) nos ha hecho muy militantes y conscientes de no usar la explotación nosotros. Cuando ves estas estructuras de poder y cómo funcionan, eres capaz de reconocerlas en todas partes, no solo en las fábricas de moda, también la industria del cine. Al final nuestra pregunta siempre es a quién beneficia más el documental, si es a unos presentadores, directores o a cadenas que van a ganar más dinero o que van a conseguir notoriedad de esa forma decimos no participar.

Incluso enseñáis a colectivos de trabajadoras explotadas, niñas y niños desfavorecidos o activistas a grabar sus historias para denunciar sus situaciones. 

R.Y.: Sí, esa vertiente de educación activista se debe a plantearnos quién se gana más con la grabación, así son las comunidades las que salen beneficiadas porque si beneficia más quienes vienen de fuera, al director, al facilitador, etc., más que a las comunidades, eso es explotación. Nos crea algunos problemas para trabajar en algunos casos con la BBC, con organizaciones artísticas o grupos como universidades, galerías de arte, etc. Rechazamos muchos proyectos por eso, pero para nosotros es fundamental.
H.M.: Tras 12 años con Rainbow Collective, tenemos las ideas muy claras sobre nuestro papel, incluso nos han puesto en listas negras en algunas organizaciones porque no tenemos problemas en decirles que no tienen derecho a hacer algo de determinada forma, o porque sentimos que se está explotando a una comunidad o a determinadas personas. Es difícil, en nuestra industria hay explotación por todas partes: te quieren explotar a ti o a otros, o piensan que están haciendo algo muy bueno pero, al observar la dinámica y las conversaciones, ves que muchos se quieren subir a un pedestal dejando a las personas debajo en vez de ponerse verdaderamente en su lugar y sentir lo que sería si les estuviera pasando a ellos.

¿Por qué en vuestro trabajo tenéis tan presente la perspectiva de las mujeres y de las familias?
R.Y.: Ambos venimos de ambientes familiares llenos de mujeres, nuestros padres murieron cuando éramos pequeños, crecimos con nuestras madres y hermanas. Toda nuestra vida e infancia está impregnada con eso. Para nosotros es imposible hacerlo de otra forma.
H.M.: Yo ahora vivo con mi mujer y mis dos hijas. Cualquiera, mirando alrededor y en nuestro trabajo, se da cuenta de que las mujeres sois muy fuertes. Trabajamos con muchas organizaciones como TRADE, llevadas por mujeres. Cuando ves a tantas féminas tan poderosas sientes que hay que darles visibilidad. Cuando hacemos cursos, la mayoría de nuestras alumnas son mujeres y si es con pequeños siempre hay más niñas que niños. En Camboya hemos enseñado a hacer campañas de activismo con móviles y el 70 % eran féminas, en Bangladesh el 100%. No es algo que queramos publicitar, o de lo que nos vanagloriemos, simplemente es así.

¿Creéis que los consumidores son conscientes de qué hay tras su ropa y las etiquetas (de Primark, El Corte Inglés, Lefties, Walmart, etc.) que mostráis en vuestros documentales al recoger las tragedias del Rana Plaza o de la fábrica Tanzreen en Dhaka?
H.M.: Son conscientes, con el derrumbe del Rana Plaza todo el mundo lo fue, estuvo en todas las noticias y todos los periódicos fueron a cubrirlo. Con los años, organizaciones y grupos de presión que visibilizan esa situación, gente como nosotros, o que escriben sobre ello, han hecho que se sepa por qué las prendas son así de baratas. El problema es que no hacen nada con esa información, se sienten culpables, quizás, comprando pero no puede dejar de consumirlas. Tal vez el problema es que no hay, o no se conocen lo suficiente, las alternativas, incluso en Inglaterra que hay muchas opciones. Nosotros compramos la ropa de segunda mano. Mucha gente trabajadora sabe que hay personas que literalmente mueren haciendo ropa para ellos pero ven imposible acceder a otras alternativas. Todos los gobiernos deberían de dejar claro que no se puede producir así ropa, o cualquier bien de consumo, y no poner toda la presión sobre el consumidor.
R.Y.: Organizaciones como Clean Clothes, Behind the label, etc., han investigado que, incluso repercutiendo al consumidor el coste de pagar un salario digno, supondría subir el precio de las prendas unos 25 o 35 céntimos transformando la vida de los trabajadores. No es caro acabar con ese colonialismo y explotación.
H.M.: Si lo hicieran, producirían mejor, estarían contentos de trabajar para esas marcas y lo harían en mejores condiciones. En Camboya y Bangladesh sus sueldos solo les permiten sobrevivir, no es justo, en Bangladesh les pagan 70 u 80 euros al mes y cuando la prenda llega a occidente se vende por 40 euros.
R.Y.: En el contexto actual de austeridad, de salarios cada vez más precarios en Europa, sin contratos ni trabajos reales y con recortes en los beneficios sociales, se genera una situación en la que la gente opta por lo más barato, pero por ejemplo la segunda mano es una gran opción ética, habiendo tantos excedentes textiles, y es accesible.

¿Habéis vivido situaciones de peligro rodando vuestros documentales?
H.M.: Bastantes, cuando grabamos The Machinists hubo varias. En una protesta de trabajadores nos estaban vigilando y una de las líderes sindicales nos dijo: ‘Os tenéis que marchar ya y dejar la ciudad”. Tuvimos que irnos a unos 100 kilómetros. También filmando en una fábrica haciendo creer al dueño que éramos compradores, producían para Primark con gente muy joven: niños y niñas. Cuando estábamos a punto de irnos tuve la sensación de que no nos estaban creyendo, no hicieron muchas preguntas y nos pararon justo antes de salir. Nos escabullimos y condujimos todo lo rápido que pudimos. Hay una organización de dueños de fábricas y el de esa fábrica era parte de ella. Había gente que ya les había informado, afortunadamente fue el último día de rodaje.

Otra vez íbamos a grabar a las familias de los trabajadoras en un día libre y había una huelga en la zona a la que fuimos. El Gobierno mandó al ejercito con carros con mangueras con agua, aquello se puso muy violento y los trabajadores nos sacaron de allí. También nos ha parado el ejército para que no filmásemos, incluso al final del rodaje la policía nos dijo que el gobierno quería utilizar nuestro coche y fuimos a la comisaria.
R.Y.: Hemos sido muy afortunados, pero no creo que vuelva a Camboya en un tiempo. En Bangladesh, si matan a algún activista hay instancias a las que se puede recurrir, eso te protege algo. Pero en Camboya el uso de la violencia es común contra los trabajadores de la moda. Cuando estábamos enseñando a un grupo de 60 manufactureras a usar el móvil para grabar sus historias, el jefe de la organización con la que estábamos allí nos dijo que probablemente el 30% de la gente de la sala estaba espiando para el gobierno. Nos aconsejó que nadie nos hiciera fotos pero dos minutos antes habíamos estado haciéndonos selfies con todos. Acabamos en la policía, nos pidieron nuestras direcciones de email, querían saber un montón de cosas…

Probablemente si en vez de ser británicos, hubierais sido locales, habría sido mucho peor. Podríais estar muertos…
Ambos: Absolutamente.
R.Y.: Pero siendo extranjeros también nos podían haber encarcelado, en Camboya acaban de soltar a un director australiano que grabó unas protestas al que metieron seis años en la cárcel por espionaje. Allí casi no podíamos abandonar el apartamento, recogíamos en secreto el material grabado en las fábricas. Se supone que estábamos como turistas y enseñando cine pero nos preocupaba que la policía dijera que hacíamos espionaje industrial. La organización de trabajadores nos dijo que suelen inventar excusas, no te arrestan en el momento, pero cuando vas a abandonar el país te colocan un kilo de cocaína en la maleta, o cualquier cosa. Así te cogen por narcotraficante, no por ser activista.
H.M.: Cuando nos íbamos, ya aliviados, pasando el último control antes de subir al avión, chequeando las maletas, Richard pasó pero en la mía dijeron que había un cuchillo. Les dije que no era cierto. Fueron de los diez minutos más nerviosos de mi vida, yo diciendo: “Mírala todo lo que quieras, ahí no hay un cuchillo”. Y ellos diciendo que lo estaban viendo en el escáner. Yo pensaba: sé que no hay nada pero igual lo han puesto, o la van a abrir y lo van a meter… Todas estas situaciones de años dejan secuelas, hasta en sitios seguros te sientes en vilo. Richard incluso en Inglaterra, si un policía habla con él, se pone nervioso porque sientes que tienes que defender tu trabajo, a ti mismo, o a alguien, porque si te cogen pones a muchas personas en peligro.
R.Y.: Incluso me pasa en los aeropuertos.

¿Seguís en contacto con los protagonistas de vuestros documentales? 

H.M.: Sí con muchos. A veces no es fácil porque tienen que protegerse, algunas mujeres de The Machinists han tenido que cambiar de número seis y siete veces, Richard también. Cuando vamos a Bangladesh les vamos a ver esperando que estén bien. Con los niños del primer documental estamos en contacto y con nuestros estudiantes, o con gente de Turquía donde hemos hecho activismo. Siempre encontramos la manera de comunicarnos, también si perdemos el contacto. Con las trabajadoras de Camboya tenemos formas secretas de compartir, cuando tuve a mi bebé lo compartí con ellas.

¿Cuando comenzasteis a hacer vuestras campañas activistas?
H.M.: Filmando The Machinists ayudamos a documentar el informe Fashion Victims de la organización War or Warn que trabaja por los derechos de los trabajadores, es fantástico, pero mucha gente no lo ha leído. Con un documental llegan a más audiencia. Al completar la película nos planteamos hacer pequeñas historias sobre trabajadores del textil y ahí nacieron los vídeos para campañas activistas de muchas organizaciones. Además, cuando hicimos el documental sobre el Rana Plaza tomamos fotos y vídeos de las etiquetas para mandarlas a los activistas y que pudieran saber las marcas que fabricaban allí para hacerles reaccionar. Con las redes sociales puedes dar vida a una campaña solo con un vídeo. La gente no quiere prestar atención a algo de más de dos minutos, por eso estos videos-campañas son muy buenos: son cortos, con información, la gente aprende y digiere el mensaje. Los directores también tenemos que adaptarnos, como organización desde que comenzamos hasta hoy siempre observamos como la gente se comporta.
R.Y.: Para nosotros el Rana Plaza fue un punto de inflexión, se hacían vídeos para shockear a la audiencia pero ahora muchos de los rodajes más potentes son para recolectar evidencias y que grupos de activistas las puedan compartir. Igual el público nunca lo ve pero se usan en una lucha legal o política. Ahora estamos acumulando evidencias sobre viviendas inseguras, como la mía. De nuevo, es mirar la acción social a través del cine. No es necesario hacer ficción, haciendo pequeñas piezas puedes cambiar la vida de mucha gente. Seguimos amando las películas y los documentales largos pero su proceso lleva varios años, a veces tomamos elementos de ellos para mostrarlos como piezas de campañas.

¿La tecnología en estos casos es una herramienta de empoderamiento social?
R.Y.: Sí. Ya no hace falta que el cambio social venga a través de documentales de directores de Occidente, que es algo arrogante. La forma en la que los medios pueden ayudar a cambiar el mundo es cambiando a quienes crean esos medios que están en manos de un 1%, que representa a una élite, que hace contenidos para el otro 99% de la población alimentándolos con basura. El cambio ocurrirá cuando no sean hombres ricos, blancos y occidentales quienes controlen todo. Por eso lo de enseñar a gente joven a hacer sus películas, que vayan a festivales, que ganen premios, porque cuando crezcan estarán en una situación de poder conseguir becas, de ir a la universidad con los niveles más altos. Así ocurrirá también un cambio en el cine. Tenemos estudiantes con los que llevamos trabajando regularmente años y algunos ya han ganado premios de la ONU.

¿Cuáles son vuestros próximos proyectos documentales?
H.M.: Estamos con varios en Inglaterra, sobre la gentrificación y los problemas para vivir, hay un gran movimiento ahí, queremos formar parte de él produciendo documentales, campañas o eventos que junten a los activistas y que compartan historias para construir un movimiento aún más fuerte. Además estamos haciendo una serie, de un episodio al mes, también sobre la vivienda, que lanzamos hace unas semanas, se llama The rhyming guide to the housing crisis.
R.Y.: Y además andamos con unos documentales sobre la austeridad y otro sobre el racismo en Reino Unido. De momento, no tenemos planeados más documentales sobre moda, nuestra energía está en estos asuntos y en la educación. Cuando hicimos The Machinists tenías que gastarte 3.000 o 4.000 libras en una cámara con suficiente calidad para emitir por televisión, en cines, internet, etc. Ya no, la tecnología ha cambiado, las comunidades pueden hacer sus grabaciones, hay muy pocas excusas para que gente de fuera lo hagamos. Aunque no nos gusta pensar que no somos “gente de fuera” sino que nuestro corazón estuvo en el sitio adecuando y que sólo les ayudamos a comenzar a alzar su voz.

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